Jueves, 26 de febrero de 2009

¿Cuantas veces  y en tantos lugares o medios de comunicación, aparecemos tu y yo, que somos Iglesia, en la persona de tantos hermanos nuestros, que por debilidad o por el ser miserable, que nos asemeja a todos, son mala noticia...? Todos hemos pecado, claro que si, y de todos se ha compadecido el Señor Jesús. Ciertamente nos hace sufrir y en el pecado de nuestros hermanos nos podemos reconocer cada uno. Si, tenemos estos pecados, y mas que no se conocen... No somos ni mejores ni peores que nadie... Igual deberíamos ser luz y sal, pero terminamos no siendo ni una cosa ni la otra... Así de necesaria es la Cuaresma un año mas, o mejor dicho, un año nuevo. En la este tiempo de Gracia y de Reconciliación, nunca se me ha tratado con desprecio. Se me recibe como soy y se me ayuda a seguir caminando, aliviando con el bálsamo de la alegría, mi vida tantas veces rota. Otra vez aparece el poder sanador de Dios, que en medio de tantas dificultades, que nos invita a la Conversión, es decir, a "darnos la vuelta..." pues estábamos de espaldas a Dios y por lo tanto metidos en nosotros mismos, muy lejos de los demas o indiferentes a sus necesidades y muy cansados o abatidos por nuestros sufrimientos... No hay condena... hemos sido justificados por quien nos amó y se entregó por nosotros. Grande puede ser nuestro pecado... pero han visto nuestros ojos, que es mayor su misericordia...



Dos imágenes, mejor que muchas palabras... Esta es la Iglesia donde yo nací..., a la que no siempre honré con mis obras, pero a la que tengo que dar las gracias continuamente, pues me ha regalado a través del don de la Santísima Madre, a nuestro Señor Jesucristo, que me ama a pesar de mis pecados. A El la gloria por siempre.


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Publicado por Luis.cu @ 1:38
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Viernes, 06 de febrero de 2009


Tres derechos naturales:
El punto central del compromiso social de los fieles laicos es el servicio a la persona y la promoción de su dignidad humana. Reconocer la dignidad de cada persona, sin importar que sea pequeña, indefensa o vulnerable, es mirar al ser humano como Dios lo mira, con el infinito valor que su amor de Padre ha querido depositar sobre cada uno de sus hijos.
Toda la Iglesia y cada fiel laico es un colaborador con el plan salvador que Dios tiene para cada ser humano que viene a este mundo, cuyo punto central es que llegue a reconocer su propia dignidad. La primera forma de llevar a cabo esta tarea es el empeño y el esfuerzo por la propia renovación interior. Sí, hay que señalar con firmeza que la historia humana no está dirigida por un determinismo impersonal, sino por una constelación de sujetos, de cuyos actos libres, depende el orden social.
Por más que algunas ideologías quieran hacernos creer interesadamente lo contrario, ni el Estado ni el resto de las instituciones sociales garantizan por sí mismas el bien de todos. Sin la acción humana individual, inteligente, libre y responsable, sin personas que verdaderamente amen a sus semejantes, no hay mejora social posible. Los fieles laicos deben actuar plenamente convencidos de que la renovación interior del espíritu cristiano debe preceder al compromiso por mejorar la sociedad.
De la verdadera conversión brota la solicitud por el ser humano amado como un hermano y el compromiso de sanear las instituciones, las estructuras y las condiciones de vida contrarias a la dignidad humana. Los fieles laicos deben trabajar al mismo tiempo por la conversión de los corazones y por el mejoramiento de las instituciones en el respeto y promoción de la verdadera dignidad humana. Son como dos caras inseparables de la misma moneda.
Promover la dignidad humana hoy presenta tres líneas maestras, tres derechos naturales fundamentales que todos tenemos el deber de respetar y promover: defender la vida, reconocer la libertad religiosa y de conciencia, y defender el matrimonio y la familia. La afirmación de la dignidad humana implica la afirmación del inviolable derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Es el primer derecho y la condición indispensable para todos los demás derechos de la persona.
El derecho absoluto a la vida nos recuerda que cada persona es única e irrepetible, y su sola presencia, bien sea sana o enferma, fuerte o debilitada, poderosa o humilde, enriquece a los demás. Ni el Estado ni ningún ser humano tienen en su mano tasar la dignidad de los seres humanos, ni decretar que su vida puede ser suprimida de modo legítimo.
El respeto de la dignidad personal exige además, de una manera esencial, el reconocimiento de la dimensión religiosa del ser humano. No es algo confesional, sino antropológico: es una exigencia humana que se encuentra en la raíz de cada ser humano. Todo pueblo que quiera asegurar verdaderamente el bien de la persona y de la sociedad debe reconocer de modo efectivo el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, plenamente consciente de que se trata de uno de los bienes más elevados de la vida pública.
También en el actual contexto cultural adquiere especial urgencia el compromiso de defender el matrimonio y la familia. Para ello es necesario tener claro el valor único e insustituible de estas realidades, en orden al auténtico desarrollo de la convivencia humana. Es imprescindible conservar una gratitud profunda hacia nuestros padres que nos dieron la vida y que se comprometieron con nosotros formando una familia estable y servicial. Es igualmente indispensable considerar que el futuro de la sociedad y de cualquier pueblo pasa por hombres y mujeres que se comprometan matrimonialmente, abiertos a la creación de nuevas vidas.
El amor de Dios mueve y anima el compromiso social de los fieles laicos. La gloria de Dios es que el hombre viva y la gloria del hombre es reconocer a Dios y corresponder a su amor de Padre con la caridad hacia los demás hombres, sus hermanos. Defender el matrimonio y la familia es defender el corazón de una sociedad verdaderamente solidaria y fraterna.
Animo a todos los fieles, y a toda persona de buena voluntad a ejercer en beneficio de la sociedad estos tres derechos naturales que sirven para construir un mundo mejor.

Con mi bendición y afecto, Agustín Garcia Gasco

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Publicado por Luis.cu @ 1:49
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