día del seminario 2011
Feliz el seminarista que…
• Reconociendo su miseria, llega a ser más tolerante y comprensivo con las debilidades del prójimo. • Sabe apreciar una piedad popular purificada y centrada en lo esencial que le permite integrase con el Pueblo de Dios. • Estudia con tesón y aprovecha los años de estudio para conocer y comprender la estructura interna de la fe. • Va consiguiendo un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, para llegar a ser humanamente íntegro. • Camina vigilante y atento en un proceso de discernimiento para vivir una humanidad auténtica, pura y madura en la vida celibataria. • Sabe vivir su propia espiritualidad particular en el conjunto de las diversas formas de espiritualidad suscitadas como dones del Espíritu a la Iglesia. • Vive su etapa en el seminario como un periodo en el que aprende con los otros y de los otros. • Asimila la generosidad y la tolerancia para hacer posible el enriquecimiento mutuo en la vida comunitaria. • Camina hacia el ministerio sacerdotal a pesar de las objeciones del ambiente, porque sabe que los hombres siguen tiendo necesidad de Dios hoy, mañana y siempre. • Ha descubierto que Dios está vivo y que necesita de hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. • Ha descubierto que no se llega a ser sacerdote solo sino en una comunidad de discípulos. • Pone en el centro de su vida la relación personal con Dios en Jesucristo para llegar a ser mensajero de Dios entre los hombres. • Aprende a vivir en contacto permanente con Dios, como punto de referencia que le hace descubrir tanto los errores como todo lo hermoso y bueno que hay en su vida. • Sabe celebrar la Eucaristía con participación interior para encontrarse a Cristo en persona. • Aprende a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia como un gran coro de oración con los fieles de todos los tiempos. • Vive el sacramento de la Penitencia con una conciencia agradecida de que Dios siempre está dispuesto al perdón, sin ser escrupuloso pero luchando por la santidad y la santificación