Hemos pasado una temporada en la que “los vientos frescos del norte” no dejaban tranquila la zona. Hoy ha vuelto la calma. Es un día tranquilo. Algunos de los sacerdotes del Arciprestazgo nº 20 de San Luis Bertrán, hemos podido dedicar la mañana a la oración de contemplación… como nos recordaba el Santo Padre estos días, hablando de la Belleza en la Escritura, la Liturgia y la Naturaleza…
Es jueves. Día sacerdotal, en el que nos solemos reunir los Sacerdotes en la comida o en el retiro de oración. Nos hemos levantado temprano y con el buen tiempo reinante, hemos llegado hasta el monte de Peñagolosa (Castellón). No hemos podido ir todos, algunos tenían entierro, otros sus labores… Los afortunados, hemos pedido por los que no estaban, especialmente por alguno y sobre todo, para que siendo tantos y tan distintos un día trabajemos juntos por lo más importante: el amor y la unidad.
Dejo aquí unas “fotitos” que algún día nos harán bien, al recordarlas, y hoy viéndolas agradecemos los gozos y alegrías que continuamente recibimos de Dios en nuestro ministerio.

San Juan de Peñagolosa… estamos ya apunto de comenzar el ascenso… Dios nos acompañe.

Caminante si hay camino… y en silencio pero con alegría, no solos, sino bien acompañados, lo recorremos dispuestos para conseguir la meta…

Esta es la razón de nuestro caminar “el Sol que nace de lo alto”, que nos ilumina y nos espera, todo a la vez: “Caminad mientras tengáis luz, antes que os envuelvan las tinieblas”. La Cima está menos lejos pero aun nos faltaba un poco… se oye ¡Animo! Y comprendo, que mal se debe pasar cuando uno entra en la oscuridad y está completamente solo… Gracias Señor por la fe, la oración y la compañía de los hermanos.

Ya estamos arriba… la carita es de cansancio, pero ahora venía la parte interesante. Sentados al refugio del viento, rezamos los Laudes y tuvimos unos instantes de charla…

Aquí parecemos alegres… es el comienzo de la ascensión… pero no, estamos alegres porque acabamos de regresar. Dos horas de subida y una y media de bajada…
Esta experiencia, de contemplación, de sufrimiento y de alegría me ha llevado a pensar lo que el otro día leí en el libro que recomiendo “El Discernimiento” de Marko I. Rupnik. Creo que no tiene desperdicio, especialmente para los que nos pensamos hombres creyentes o de fe (es un poco largo pero bien leído vale la pena):
“El hombre contemplativo es aquel que mira a través de su inteligencia con el ojo luminoso del Espíritu Santo. Sólo así se llaga a ver que la voluntad de Dios coincide con su Amor y que tal amor se realiza en la Pascua. El hombre hace todo lo que puede para evitar la vía pascual, pero todo intento de ese tipo antes o después se revela como una ilusión que reseca el corazón y vacía la existencia del verdadero sabor de la vida. Por esto es conveniente el discernimiento, que es el camino contemplativo y sapiencial. El hombre sabe que todo lo bello, noble y justo se realiza en medio de dificultades, obstáculos y resistencias, y así asume la dimensión pascual. El camino del Espíritu Santo no salta jamás desde el Jueves Santo al Domingo de Pascua, por encima de Viernes y Sábado. Para comprender esto, sin embargo, es necesaria una contemplación auténtica y un gran arte del discernimiento. A veces, para evitar el camino de la fe autentica –el camino del amor a Dios, la verdadera conversión- el hombre mismo se propone altos ideales, proyectos más allá del Evangelio, la imitación de los santos más grandes, y después rechaza, lleno de amargura, cansancio y decepción, no sólo los ideales que se propuso, sino también la fe. O también se puede encerrar en sí mismo, endurecerse y ser severo con todos los que no actúan como él. El discernimiento nos protege de las más variadas desviaciones, desde le fundamentalismo al fanatismo, precisamente porque nos hace experimentar que no es importante lo que podamos decidir, sino que hagamos todo en plena adhesión libre a Dios, sintonizando con su voluntad. Puesto que su voluntad es Amor, será difícil realizarla si afirmamos la nuestra, aunque lleve etiquetas de gran Santidad. Muchas personas han decidido vivir en pobreza radical, quizá más que san Francisco, pero sin provecho espiritual. El radicalismo en sí mismo no es nada, si no es una respuesta al amor de Dios. Los eventos con más significado espiritual de la Iglesia nunca han sucedido porque alguien se ha propuesto realizarlos, son porque Dios ha encontrado a alguien disponible para acogerlos de forma tan radical que Él podía manifestarse y cumplir su redención”. (El Discernimiento. Marko I. Rupnik. Ed. PPC Pag. 25-26)
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