
Un día... como otro cualquiera, pasando por la plaza de un pueblo cualquiera, un chaval, de cuyo nombre no quiero acordarme, viendo que se acercaba un cura, bastante mayor, empezó a canturrear aquella atrevida canción de: “yo no creo en dioses de madera”. El buen sacerdote, aplaudió... al menos el trozo de canción que había escuchado. Llamó al jovencito y al quedar este sorprendido y un poco aturdido, ante la amabilidad del anciano, le dijo: "no temas, es que me ha sorprendido tu canto y quería decirte que los dos pensamos lo mismo". Cuentan que fue el inicio de una gran amistad y que con el tiempo, este chico ya mayor, agradecería aquel día al buen Dios, tanto, que no dejo nunca de pregonarlo por todas partes. Ciertamente, lo mas importante de este suceso, es lo que no se cuenta, porque fue en los sucesivos encuentros, cuando se produjo el milagro, tan complicado a veces, de que un no creyente, acaba celebrando y viviendo la Fe. Pero la razón de este articulo, es para que tomemos conciencia, los “profesionales” de lo religioso, de la importancia del primer encuentro. Vivimos en un mundo secularizado, tanto lo repetimos, que hemos hecho de esta frase un eslogan, pero muchas veces es: un ataque a muchas personas sufrientes por esta situación, un desprecio a nuestra sociedad, que más que mala, es esclava, y una denuncia o un motivo para desalentarnos a nosotros mismos. El Señor pone en nuestras manos a tantísima gente, y nosotros cuantas veces los molemos a palos, y descuidamos que la mediación, es decir la Iglesia, no es dueña, sino servidora, y su misión no es el desprecio, sino la acogida. Algunos tenían razón al decir, que por un creyente dejaron de creer... Este es el caso contrario al que ha encabezado esta reflexión. La diferencia entre los dos es clara. El interés por el hombre, motivado por la fe, misión recibida de Cristo, disculpa, es paciente y aguanta sin limites, porque hay que hacerse todo a todos para ganar, como sea, a algunos. Como comentaba un amigo: la iniciativa es de Dios, el Hombre es siempre limitado y la Iglesia es la que debe provoca este encuentro de amor.
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