martes, 29 de enero de 2008
Imagen
El discurso que el Papa no pudo leer en la Universidad la «Sapienza»

Rector magnífico;autoridades políticas y civiles; ilustres profesores y personal técnico administrativo; queridos jóvenes estudiantes: Para mí es motivo de profunda alegría encontrarme con la comunidad de la "Sapienza, Universidad de Roma" con ocasión de la inauguración del año académico. Ya desde hace siglos esta universidad marca el camino y la vida de la ciudad de Roma, haciendo fructificar las mejores energías intelectuales en todos los campos del saber. Tanto en el tiempo en que, después de su fundación impulsada por el Papa Bonifacio VIII, la institución dependía directamente de la autoridad eclesiástica, como sucesivamente, cuando el Studium Urbis se desarrolló como institución del Estado italiano, vuestra comunidad académica ha conservado un gran nivel científico y cultural, que la sitúa entre las universidades más prestigiosas del mundo. Desde siempre la Iglesia de Roma mira con simpatía y admiración este centro universitario, reconociendo su compromiso, a veces arduo y fatigoso, por la investigación y la formación de las nuevas generaciones. En estos últimos años no han faltado momentos significativos de colaboración y de diálogo. Quiero recordar, en particular, el Encuentro mundial de rectores con ocasión del Jubileo de las Universidades, en el que vuestra comunidad no sólo se encargó de la acogida y la organización, sino sobre todo de la profética y compleja propuesta de elaborar un "nuevo humanismo para el tercer milenio".

En esta circunstancia deseo expresar mi gratitud por la invitación que se me ha hecho a venir a vuestra universidad para pronunciar una conferencia. Desde esta perspectiva, me planteé ante todo la pregunta: ¿Qué puede y debe decir un Papa en una ocasión como esta? En mi conferencia en Ratisbona hablé ciertamente como Papa, pero hablé sobre todo en calidad de ex profesor de esa universidad, mi universidad, tratando de unir recuerdos y actualidad. En la universidad "Sapienza", la antigua universidad de Roma, sin embargo, he sido invitado precisamente como Obispo de Roma; por eso, debo hablar como tal. Es cierto que en otros tiempos la "Sapienza" era la universidad del Papa; pero hoy es una universidad laica, con la autonomía que, sobre la base de su mismo concepto fundacional, siempre ha formado parte de su naturaleza de universidad, la cual debe estar vinculada exclusivamente a la autoridad de la verdad. En su libertad frente a autoridades políticas y eclesiásticas la universidad encuentra su función particular, precisamente también para la sociedad moderna, que necesita una institución de este tipo.

Vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Qué puede y debe decir el Papa en el encuentro con la universidad de su ciudad? Reflexionando sobre esta pregunta, me pareció que incluía otras dos, cuyo esclarecimiento debería llevar de por sí a la respuesta. En efecto, es necesario preguntarse: ¿Cuál es la naturaleza y la misión del Papado? Y también, ¿cuál es la naturaleza y la misión de la universidad? En este lugar no quisiera entretenerme y entreteneros con largas disquisiciones sobre la naturaleza del Papado. Baste una breve alusión. El Papa es, ante todo, Obispo de Roma y, como tal, en virtud de la sucesión del apóstol san Pedro, tiene una responsabilidad episcopal con respecto a toda la Iglesia católica. La palabra "obispo" -episkopos-, que en su significado inmediato se puede traducir por "vigilante", se fundió ya en el Nuevo Testamento con el concepto bíblico de Pastor: es aquel que, desde un puesto de observación más elevado, contempla el conjunto, cuidándose de elegir el camino correcto y mantener la cohesión de todos sus componentes. En este sentido, esa designación de la tarea orienta la mirada, ante todo, hacia el interior de la comunidad creyente. El Obispo -el Pastor- es el hombre que cuida de esa comunidad; el que la conserva unida, manteniéndola en el camino hacia Dios, indicado por Jesús según la fe cristiana; y no sólo indicado, pues Él mismo es para nosotros el camino. Pero esta comunidad, de la que cuida el Obispo, sea grande o pequeña, vive en el mundo. Las condiciones en que se encuentra, su camino, su ejemplo y su palabra influyen inevitablemente en todo el resto de la comunidad humana en su conjunto. Cuanto más grande sea, tanto más repercutirán en la humanidad entera sus buenas condiciones o su posible degradación. Hoy vemos con mucha claridad cómo las condiciones de las religiones y la situación de la Iglesia -sus crisis y sus renovaciones- repercuten en el conjunto de la humanidad. Por eso el Papa, precisamente como Pastor de su comunidad, se ha convertido cada vez más también en una voz de la razón ética de la humanidad.

Aquí, sin embargo, surge inmediatamente la objeción según la cual el Papa, de hecho, no hablaría verdaderamente basándose en la razón ética, sino que sus afirmaciones procederían de la fe y por eso no podría pretender que valgan para quienes no comparten esta fe. Deberemos volver más adelante sobre este tema, porque aquí se plantea la cuestión absolutamente fundamental: ¿Qué es la razón? ¿Cómo puede una afirmación -sobre todo una norma moral- demostrarse "razonable"? En este punto, por el momento, sólo quiero poner de relieve brevemente que John Rawls, aun negando a doctrinas religiosas globales el carácter de la razón "pública", ve sin embargo en su razón "no pública" al menos una razón que no podría, en nombre de una racionalidad endurecida desde el punto de vista secularista, ser simplemente desconocida por quienes la sostienen. Ve un criterio de esta racionalidad, entre otras cosas, en el hecho de que esas doctrinas derivan de una tradición responsable y motivada, en la que en el decurso de largos tiempos se han desarrollado argumentaciones suficientemente buenas como para sostener su respectiva doctrina. En esta afirmación me parece importante el reconocimiento de que la experiencia y la demostración a lo largo de generaciones, el fondo histórico de la sabiduría humana, son también un signo de su racionalidad y de su significado duradero. Frente a una razón a-histórica que trata de construirse a sí misma sólo en una racionalidad a-histórica, la sabiduría de la humanidad como tal -la sabiduría de las grandes tradiciones religiosas- se debe valorar como una realidad que no se puede impunemente tirar a la papelera de la historia de las ideas.

Volvemos a la pregunta inicial. El Papa habla como representante de una comunidad creyente, en la cual durante los siglos de su existencia ha madurado una determinada sabiduría de vida. Habla como representante de una comunidad que custodia en sí un tesoro de conocimiento y de experiencia éticos, que resulta importante para toda la humanidad. En este sentido habla como representante de una razón ética.

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿Y qué es la universidad?, ¿cuál es su tarea? Es una pregunta de enorme alcance, a la cual, una vez más, sólo puedo tratar de responder de una forma casi telegráfica con algunas observaciones. Creo que se puede decir que el verdadero e íntimo origen de la universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad. En este sentido, se puede decir que el impulso del que nació la universidad occidental fue el cuestionamiento de Sócrates. Pienso, por ejemplo -por mencionar sólo un texto-, en la disputa con Eutifrón, el cual defiende ante Sócrates la religión mítica y su devoción. A eso, Sócrates contrapone la pregunta: "¿Tú crees que existe realmente entre los dioses una guerra mutua y terribles enemistades y combates...? Eutifrón, ¿debemos decir que todo eso es efectivamente verdadero?" (6 b c). En esta pregunta, aparentemente poco devota -pero que en Sócrates se debía a una religiosidad más profunda y más pura, de la búsqueda del Dios verdaderamente divino-, los cristianos de los primeros siglos se reconocieron a sí mismos y su camino. Acogieron su fe no de modo positivista, o como una vía de escape para deseos insatisfechos. La comprendieron como la disipación de la niebla de la religión mítica para dejar paso al descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y al mismo tiempo Razón-Amor. Por eso, el interrogarse de la razón sobre el Dios más grande, así como sobre la verdadera naturaleza y el verdadero sentido del ser humano, no era para ellos una forma problemática de falta de religiosidad, sino que era parte esencial de su modo de ser religiosos. Por consiguiente, no necesitaban resolver o dejar a un lado el interrogante socrático, sino que podían, más aún, debían acogerlo y reconocer como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, podía, más aún, debía nacer la universidad.

Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre "scientia" y "tristitia": el simple saber -dice- produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que reina en la fe cristiana, porque a ella se le concedió la visión del Logos, de la Razón creadora que, en la encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el Bien, como la Bondad misma.

En la teología medieval hubo una discusión a fondo sobre la relación entre teoría y praxis, sobre la correcta relación entre conocer y obrar, una disputa que aquí no podemos desarrollar. De hecho, la universidad medieval, con sus cuatro Facultades, presenta esta correlación. Comencemos por la Facultad que, según la concepción de entonces, era la cuarta: la de medicina. Aunque era considerada más como "arte" que como ciencia, sin embargo, su inserción en el cosmos de la universitas significaba claramente que se la situaba en el ámbito de la racionalidad, que el arte de curar estaba bajo la guía de la razón, liberándola del ámbito de la magia. Curar es una tarea que requiere cada vez más simplemente la razón, pero precisamente por eso necesita la conexión entre saber y poder, necesita pertenecer a la esfera de la ratio. En la Facultad de derecho se plantea inevitablemente la cuestión de la relación entre praxis y teoría, entre conocimiento y obrar. Se trata de dar su justa forma a la libertad humana, que es siempre libertad en la comunión recíproca: el derecho es el presupuesto de la libertad, no su antagonista. Pero aquí surge inmediatamente la pregunta: ¿Cómo se establecen los criterios de justicia que hacen posible una libertad vivida conjuntamente y sirven al hombre para ser bueno? En este punto, se impone un salto al presente: es la cuestión de cómo se puede encontrar una normativa jurídica que constituya un ordenamiento de la libertad, de la dignidad humana y de los derechos del hombre. Es la cuestión que nos ocupa hoy en los procesos democráticos de formación de la opinión y que, al mismo tiempo, nos angustia como cuestión de la que depende el futuro de la humanidad. Jürgen Habermas expresa, a mi parecer, un amplio consenso del pensamiento actual cuando dice que la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas. Con respecto a esta "forma razonable", afirma que no puede ser sólo una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un "proceso de argumentación sensible a la verdad" (wahrheitssensibles Argumentationsverfahren). Está bien dicho, pero es muy difícil transformarlo en una praxis política. Como sabemos, los representantes de ese "proceso de argumentación" público son principalmente los partidos en cuanto responsables de la formación de la voluntad política. De hecho, sin duda buscarán sobre todo la consecución de mayorías y así se ocuparán casi inevitablemente de los intereses que prometen satisfacer. Ahora bien, esos intereses a menudo son particulares y no están verdaderamente al servicio del conjunto. La sensibilidad por la verdad se ve siempre arrollada de nuevo por la sensibilidad por los intereses. Yo considero significativo el hecho de que Habermas hable de la sensibilidad por la verdad como un elemento necesario en el proceso de argumentación política, volviendo a insertar así el concepto de verdad en el debate filosófico y en el político.

Pero entonces se hace inevitable la pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad? Y ¿cómo se la reconoce? Si para esto se remite a la "razón pública", como hace Rawls, se plantea necesariamente otra pregunta: ¿qué es razonable? ¿Cómo demuestra una razón que es razón verdadera? En cualquier caso, según eso, resulta evidente que, en la búsqueda del derecho de la libertad, de la verdad de la justa convivencia, se debe escuchar a instancias diferentes de los partidos y de los grupos de interés, sin que ello implique en modo alguno querer restarles importancia. Así volvemos a la estructura de la universidad medieval. Juntamente con la Facultad de derecho estaban las Facultades de filosofía y de teología, a las que se encomendaba la búsqueda sobre el ser hombre en su totalidad y, con ello, la tarea de mantener despierta la sensibilidad por la verdad. Se podría decir incluso que este es el sentido permanente y verdadero de ambas Facultades: ser guardianes de la sensibilidad por la verdad, no permitir que el hombre se aparte de la búsqueda de la verdad. Pero, ¿cómo pueden dichas Facultades cumplir esa tarea? Esta pregunta exige un esfuerzo permanente y nunca se plantea ni se resuelve de manera definitiva. En este punto, pues, tampoco yo puedo dar propiamente una respuesta. Sólo puedo hacer una invitación a mantenerse en camino con esta pregunta, en camino con los grandes que a lo largo de toda la historia han luchado y buscado, con sus respuestas y con su inquietud por la verdad, que remite continuamente más allá de cualquier respuesta particular.

De este modo, la teología y la filosofía forman una peculiar pareja de gemelos, en la que ninguna de las dos puede separarse totalmente de la otra y, sin embargo, cada una debe conservar su propia tarea y su propia identidad. Históricamente, es mérito de santo Tomás de Aquino -ante la diferente respuesta de los Padres a causa de su contexto histórico- el haber puesto de manifiesto la autonomía de la filosofía y, con ello, el derecho y la responsabilidad propios de la razón que se interroga basándose en sus propias fuerzas. Los Padres, diferenciándose de las filosofías neoplatónicas, en las que la religión y la filosofía estaban unidas de manera inseparable, habían presentado la fe cristiana como la verdadera filosofía, subrayando también que esta fe corresponde a las exigencias de la razón que busca la verdad; que la fe es el "sí" a la verdad, con respecto a las religiones míticas, que se habían convertido en mera costumbre. Pero luego, en el momento del nacimiento de la universidad, en Occidente ya no existían esas religiones, sino sólo el cristianismo; por eso, era necesario subrayar de modo nuevo la responsabilidad propia de la razón, que no queda absorbida por la fe. A santo Tomás le tocó vivir en un momento privilegiado: por primera vez, los escritos filosóficos de Aristóteles eran accesibles en su integridad; estaban presentes las filosofías judías y árabes, como apropiaciones y continuaciones específicas de la filosofía griega. Por eso el cristianismo, en un nuevo diálogo con la razón de los demás, con quienes se venía encontrando, tuvo que luchar por su propia racionalidad. La Facultad de filosofía que, como "Facultad de los artistas" -así se llamaba-, hasta aquel momento había sido sólo propedéutica con respecto a la teología, se convirtió entonces en una verdadera Facultad, en un interlocutor autónomo de la teología y de la fe reflejada en ella. Aquí no podemos detenernos en la interesante confrontación que se derivó de ello. Yo diría que la idea de santo Tomás sobre la relación entre la filosofía y la teología podría expresarse en la fórmula que encontró el concilio de Calcedonia para la cristología: la filosofía y la teología deben relacionarse entre sí "sin confusión y sin separación". "Sin confusión" quiere decir que cada una de las dos debe conservar su identidad propia. La filosofía debe seguir siendo verdaderamente una búsqueda de la razón con su propia libertad y su propia responsabilidad; debe ver sus límites y precisamente así también su grandeza y amplitud. La teología debe seguir sacando de un tesoro de conocimiento que ella misma no ha inventado, que siempre la supera y que, al no ser totalmente agotable mediante la reflexión, precisamente por eso siempre suscita de nuevo el pensamiento. Junto con el "sin confusión" está también el "sin separación": la filosofía no vuelve a comenzar cada vez desde el punto cero del sujeto pensante de modo aislado, sino que se inserta en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que acoge y desarrolla una y otra vez de forma crítica y a la vez dócil; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones, y en particular la fe cristiana, han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino. La historia ha demostrado que varias cosas dichas por teólogos en el decurso de la historia, o también llevadas a la práctica por las autoridades eclesiales, eran falsas y hoy nos confunden. Pero, al mismo tiempo, es verdad que la historia de los santos, la historia del humanismo desarrollado sobre la base de la fe cristiana, demuestra la verdad de esta fe en su núcleo esencial, convirtiéndola así también en una instancia para la razón pública. Ciertamente, mucho de lo que dicen la teología y la fe sólo se puede hacer propio dentro de la fe y, por tanto, no puede presentarse como exigencia para aquellos a quienes esta fe sigue siendo inaccesible. Al mismo tiempo, sin embargo, es verdad que el mensaje de la fe cristiana nunca es solamente una "comprehensive religious doctrine" en el sentido de Rawls, sino una fuerza purificadora para la razón misma, que la ayuda a ser más ella misma. El mensaje cristiano, en virtud de su origen, debería ser siempre un estímulo hacia la verdad y, así, una fuerza contra la presión del poder y de los intereses.

Bien; hasta ahora he hablado sólo de la universidad medieval, pero tratando de aclarar la naturaleza permanente de la universidad y de su tarea. En los tiempos modernos se han abierto nuevas dimensiones del saber, que en la universidad se valoran sobre todo en dos grandes ámbitos: ante todo, en el de las ciencias naturales, que se han desarrollado sobre la base de la conexión entre experimentación y presupuesta racionalidad de la materia; en segundo lugar, en el de las ciencias históricas y humanísticas, en las que el hombre, escrutando el espejo de su historia y aclarando las dimensiones de su naturaleza, trata de comprenderse mejor a sí mismo. En este desarrollo no sólo se ha abierto a la humanidad una cantidad inmensa de saber y de poder; también han crecido el conocimiento y el reconocimiento de los derechos y de la dignidad del hombre, y de esto no podemos por menos de estar agradecidos. Pero nunca puede decirse que el camino del hombre se haya completado del todo y que el peligro de caer en la inhumanidad haya quedado totalmente descartado, como vemos en el panorama de la historia actual. Hoy, el peligro del mundo occidental -por hablar sólo de éste- es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último. Dicho desde el punto de vista de la estructura de la universidad: existe el peligro de que la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo; que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede confinada a la esfera privada de un grupo más o menos grande. Sin embargo, si la razón, celosa de su presunta pureza, se hace sorda al gran mensaje que le viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces no reciben ya las aguas que le dan vida. Pierde la valentía por la verdad y así no se hace más grande, sino más pequeña. Eso, aplicado a nuestra cultura europea, significa: si quiere sólo construirse a sí misma sobre la base del círculo de sus propias argumentaciones y de lo que en el momento la convence, y, preocupada por su laicidad, se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta.

Con esto vuelvo al punto de partida. ¿Qué tiene que hacer o qué tiene que decir el Papa en la universidad? Seguramente no debe tratar de imponer a otros de modo autoritario la fe, que sólo puede ser donada en libertad. Más allá de su ministerio de Pastor en la Iglesia, y de acuerdo con la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral, tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios; y, en este camino, estimularla a descubrir las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y a percibir así a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro.
Vaticano, 17 de enero de 2008
BENEDICTO XVI

Tags: Sapienza, actualidad, Benedicto XVI

Publicado por Luis.cu @ 13:10
Comentarios (0)  | Enviar

En este tiempo en el que algunos les da por insultar, o despreciar a los que no piensan como ellos. En este tiempo en que la tolerancia es cada vez mas intolerante. Siguen apareciendo testimonios que, sin despreciar a nadie, muestran como Dios sigue actuando. Un día, en cualquier momento, en medio de las dificultades o sufrimientos, se hace presente, de cualquier manera, sencillamente, el que nos ha amado primero: Cristo Jesús.
Creo que la mejor manera de presentar la fe al mundo, dejando cualquier ataque o imposición es contando lo que Dios ha hecho en nuestra vida.

Tags: Conversión, testimonio, Juan Luis Guerra

Publicado por Luis.cu @ 12:59
Comentarios (0)  | Enviar
jueves, 17 de enero de 2008
Imagen
He encontrado este video en el blog de mi buen amigo Ximo "todo era bueno".
Quiero dedicárselo a quienes están pensando en tirar la toalla. A quienes, quizá, ya la tiraron. A quienes ayudan a los "destoallados" a recuperar el ánimo. Y a todos los niños que, en las unidades de neonatos de tantos hospitales, luchan como valientes por la vida. La fe puede darnos siempre esa fuerza que nos empuja a seguir adelante, a pesar de todo.
PARA QUE NO TE RINDAS...

Tags: Viedo, Actualidad, Valentia

Publicado por Luis.cu @ 13:14
Comentarios (0)  | Enviar
lunes, 14 de enero de 2008
Imagen
Por Juan Manuel de Prada
EL multitudinario acto en defensa de la familia cristiana celebrado recientemente en Madrid ha provocado la reacción destemplada, muy en la línea del más atrabiliario temperamento hispánico, de la facción socialista. Abrió fuego José Blanco, ese híbrido entre el inspector Javert de «Los miserables» y el Polichinela de la commedia dell´arte, quien en declaraciones a una emisora de radio, tachó de «intolerables» las palabras pronunciadas allí por algunos cardenales españoles (siempre me sorprende que sean los expendedores a granel de tolerancia quienes a la vez nos prescriban lo que no debe tolerarse). Asimismo, consideró que tales palabras constituían «una intromisión directa en la campaña electoral» de las jerarquías eclesiásticas: «Me dio la impresión -añadió Blanco, en pleno delirio alucinógeno- de que estábamos en un acto del PP presidido por cardenales».
El facundo Mariano Fernández Bermejo ha sacado en romería el «nacionalcatolicismo», fantasma del que sabe mucho por vía consanguínea. El vanilocuo Chaves, dándoselas de moderno, ha tildado a los cardenales de arcaicos e integristas, y Zapatero ha soltado sus habituales delicuescencias insidiosas. Finalmente, la Ejecutiva Federal del Partido Socialista ha evacuado un comunicado muy lustrosamente barnizado de la consabida roña progre al que, en un alarde imaginativo, ha puesto el título de «Las cosas en su sitio». Por supuesto, ese sitio no es el que por naturaleza le corresponde a las cosas, sino el que los socialistas caprichosamente le adjudican, que para eso son los repartidores oficiales de bulas y anatemas. En el mencionado texto se afirma que las manifestaciones de los cardenales son de «contenido político» -extremo que a continuación refutaremos- y que «no hay más legitimidad que la legitimidad constitucional». Aseveración ésta última que podría discutirse con argumentos de filosofía del Derecho; pero que, desde luego, los cardenales no han entrado a discutir: su denuncia de ciertas actuaciones legislativas se basa, precisamente, en su incongruencia con la letra y el espíritu de varios preceptos constitucionales. Las invectivas de los socialistas participan de un estilo tan doctrinario y tosco que actúa como repelente del debate de ideas y acicate del rifirrafe banderizo. Haremos aquí un esfuerzo por elevar el tono de la polémica; empeño que -tampoco vamos a echarnos flores- será harto sencillo, pues el nivel de los socialistas es subterráneo.
¿Cuáles son las declaraciones cardenalicias que han levantado tanta roncha entre los repartidores de bulas y anatemas? El cardenal Rouco afirmó: «Nos entristece tener que constatar que nuestro ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas reconocía y establecía hace ya casi sesenta años. A saber: que la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado«. Y el cardenal García-Gasco apostilló : «La cultura del laicismo radical es un fraude y un engaño, porque no constituye nada, sólo conduce a la desesperanza. Por el camino del aborto, del divorcio exprés y de las ideologías de género que pretenden manipular la educación de los jóvenes no se llega a ningún destino digno del hombre y de sus derechos. Por ese camino no se respeta la Constitución de 1978 y nos dirigimos a la disolución de la democracia». Quizá podríamos reprocharle jocosamente a García-Gasco, desde un punto de vista retórico, el forzadísimo oxímoron «cultura del laicismo radical», pues el laicismo radical, en su afán despersonalizador, postula la destrucción de toda cultura verdaderamente humana. Pero el diagnóstico de ambos cardenales, válido desde luego para España, constituye una radiografía penetrante y sintética del mal que hoy corroe a Occidente: un mal que, disfrazado bajo los ropajes de la democracia formal, anhela la abolición del hombre, el despojo de lo que es más intrínsecamente humano y la instrumentalización de nuestros derechos más inalienables. No acertamos a comprender dónde está la «intromisión en la campaña electoral» que denunciaba Blanco; salvo que, en un época tan indigna, la mera vindicación de la dignidad del hombre se pueda interpretar como rasgo de electoralismo.
Los socialistas pretenden hacernos creer que los cardenales «se meten en política», un ámbito que no les compete. Enseguida los politiqueros han recordado esa sentencia evangélica que suelen enarbolar quienes nunca leen el Evangelio: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero, ¿qué es lo propio del César? Las cosas temporales, las realidades terrenas; pero no, desde luego, «los principios de orden moral que surgen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis Humanae, 14c). La misión que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social, pero «comprende los fundamentos éticos del orden temporal», e incluye el poder dar juicios sobre la moralidad de concretas situaciones y actuaciones temporales (Gaudium et Spes, 76c). No nos hallamos ante una «intromisión» de los cardenales españoles en los asuntos del César, sino ante una denuncia de las tropelías del César, que en su soberbia no vacila en pisotear los fundamentos éticos del orden temporal.
«Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado» (II Tim, 2, 4). El hombre religioso, ciertamente, no debe enredarse en asuntos terrenales. Pero existe una confusión creciente, auspiciada por la soberbia del César, en torno a lo que debe considerarse dominio político y dominio religioso. Si la política se enreda en cosas temporales, los curas no deben meterse; mas si la política toca cosas no temporales (como el aborto, el divorcio o la enseñanza religiosa) entonces deben meterse; estarían dimitiendo de su ministerio si no lo hicieran. El amor vigoroso a la patria, conscientemente abrazada en fe y esperanza, puede ser una expresión religiosa: a fin de cuentas, amamos a Dios a través de sus criaturas, a través del prójimo; y no hay prójimo más próximo que el compatriota. Es cierto que los Estados son creaciones humanas, y que algún día serán instrumentos del Hombre de Pecado, Hijo de la Perdición, del que nos habla San Pablo (II Tes, 2, 3-4); pero mientras haya resquicio para la esperanza es obligación del católico -y no digamos de sus ministros- propugnar los valores sociales, morales y culturales que la luz civilizadora de la Iglesia trajo a Occidente. Como escribió Verlaine, L´amour de la Patrie est le premier amour / Et le dernier amour apr_s l´amour de Dieu; y el católico, sin llegar a confundir el amor a Dios con el amor a la patria, debe amar a su patria «en su ruina y degeneración», como nos pedía C. S. Lewis, pues amar a una enferma nace de la compasión y no puede rendir sino sacrificios, y el amor compasivo y sacrificado es expresión del amor a Dios. Así amó Jesús a Jerusalén, llorando sobre ella (Lc 19, 41-44); y su amor compasivo y sacrificado no se expresó con requiebros merengosos, sino con muy ásperas admoniciones. Las palabras de los cardenales Rouco y García-Gasco en la plaza de Colón fueron reflejo fiel de ese amor de Jesús a Jerusalén.
La política fue, allá en su origen, una pasión salvaje de mando; y la luz civilizadora del cristianismo la moralizó. El neopaganismo de nuestra época pugna por devolver la política a ese estado de salvajismo primigenio; y la obligación de la Iglesia es proseguir su empresa moralizadora. Que la Iglesia debe respetar los gobiernos legítimos es indudable; pero mucho más debe respetar la Palabra de Dios y su misión propia, que no es sino predicar sin miedo esa Palabra sobre los terrados (Mt. 10, 27). La Palabra nos enseña que fuimos llamados por Dios desde el vientre de nuestra madre, y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra el aborto. La Palabra también nos enseña que hombre y mujer formarán una sola carne, y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra el divorcio y contra las legislaciones que tratan de desnaturalizar el matrimonio y la familia. Y, en fin, hemos escuchado a Jesús decir: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis», y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra una educación que impida o estorbe este acercamiento. Las jerarquías eclesiásticas no deben inmiscuirse en asuntos terrenales, porque eso sería tanto como «meterse en política»; pero uno de los peores modos de «meterse en política» sería que la Iglesia bendijese, por acción u omisión, la intromisión del César en los asuntos que son de Dios. El día en que la Iglesia hiciese esto se habría convertido en esa «gran ramera que fornica con los reyes de la tierra» de la que nos habla el Apocalipsis. Esa iglesia farisaica y corrompida, puesta de rodillas ante el César, es la que anhelan ciertos políticos; quienes amamos a la Iglesia de Cristo aplaudimos el coraje mostrado por los cardenales Rouco y García-Gasco.

Tags: Familia, Educación, Actualidad

Publicado por Luis.cu @ 13:32
Comentarios (0)  | Enviar
jueves, 10 de enero de 2008
Imagen

De lo sucedido tras la celebración que tuvo lugar en la madrileña Plaza de Colón el pasado 30 de diciembre se ha dicho mucho aunque, seguramente, aún han de quedar algunas cosas de las que escribir porque lo dicho suena, más que nada, a motivaciones propias de comportamientos egoístas.
Como sabemos, existe una diferencia notable entre lo que es una causa sobre la que apoyar un comportamiento y un motivo para hacer, o decir, lo mismo.
Pues bien, podemos preguntarnos cuál o cuáles han sido las causas que han tenido, consecuencia de su entrada en acción, que el Ejecutivo español haya tenido la reacción que ha tenido a raíz de aquella celebración que, sobre la familia, se gozó en el penúltimo día del año 2007.
Y si miramos con cierto detenimiento el comportamiento de aquellos agentes políticos que, portavoces reales o espontáneos del PSOE, han llevado a cabo, podremos apreciar que se trata, sólo, de una forma de proceder que tiende al desprestigio de los organizadores de tal acto y de todo lo que, de una manera o de otra, se parezca, en algo, a cualquier expresión de lo católico, de sus valores y de la defensa de los mismos.
No puede haber causas, en sí de carácter objetivo, porque lo dicho por las personas que intervinieron no pueden ser origen irrebatible de la existencia de alguna de aquellas.
Y esto porque lo dicho fue, entre otras cosas, lo siguiente:

Para empezar, Benedicto XVI, después del Ángelus de aquel día 30 de diciembre, se dirigió, en castellano, a los asistentes a la celebración (no se ve, aquí, ningún tipo de discrepancia como la que se tratado de sembrar, cual cizaña, entre los católicos, diciendo que en el Vaticano no están de acuerdo con lo hecho y dicho allí) y dijo que la familia "está fundada en la unión indisoluble entre el hombre y la mujer".
Es de suponer que este hecho, tan simple y fácil de entender y de universal seguimiento milenario, habrá causado cierto estupor en aquellos promotores del imposible “matrimonio entre homosexuales” y habrá avivado el cierto odio que tienen hacia la Iglesia porque, a veces, decir las cosas como son no gusta a según qué personas.
Pero también dijo, el Santo Padre, que "constituye un ámbito privilegiado en que la vida humana es acogida y protegida" y que "Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano"
Y esto, también dicho así, en aquel momento y en aquella situación, sólo pudo mover, a los asistentes, televidentes y radioyentes de la celebración, a saber que, al menos por la parte vaticana, por la parte papal, no estaban, no estábamos, solos sino que, al contrario, el Pastor que fue Pedro y que le transmitió las llaves de la Iglesia, no nos deja desamparados.
Tal cosa, por supuesto, no pudo causar buena impresión en las personas que, desde ciertos poderes españoles, creían que la celebración no iba a tener importancia y que, de todas formas, se trataba (eso piensan) de unos sectores muy conservadores que en la Iglesia existen y viven.
Pero, entre las personas que intervinieron, muy criticadas todas por los que no miran sino su voluntad propia, el Cardenal Arzobispo de Valencia, don Agustín García-Gasco, puso en evidencia el hecho de que los poderes públicos "deben proteger a la familia" y "nunca socavar sus fundamentos".
Esto, oído por los que, al contrario por lo dicho por don Agustín, promueven legislación que no protege a la familia sino que tratan de destruir atacando, precisamente, los fundamentos de la misma (el divorcio exprés, los mismos e imposibles “matrimonios entre homosexuales”, etc) debió sentar tan mal porque quizá pensaron que se iba contra algunos fundamentos de la democracia que, al parecer, los establecen ellos mismos, sin tener en cuenta ni lo que de natural hay en el derecho ni nada que se aleje de sus gustos y apreciaciones.
También, don Antonio Cañizares, Arzobispo de Toledo, recordó que la familia "es lo mejor que tenemos". Y, abundando en lo dicho por don Agustín García Gasco, dijo que "se ve acechada por un sinfín de graves dificultades" y "ataques de gran calado".
Y esto es, exactamente, lo que, en realidad, sucede. Por eso la idea que, repetitiva y perseverantemente se tenía que poner sobre la mesa, o sobre el atril, era la que era y no otra.
Sin embargo, y precisamente cuando da la impresión de que no se aplaca la intención de zaherir a los convocantes y a los presentes aquel día de diciembre, el Secretario de Organización del PSOE, don José Blanco, ha dicho, presumiendo de serlo, que "Yo, que soy cristiano, quisiera que el Papa me explicara qué es eso de la familia cristiana”

Imagen
(Este dibujo lo añado yo, por que el nivel intelectual de alguno de nuestros ministros, deja mucho que desear. Igual con este grafico se aclaran)


Pues es muy fácil. Y no hace falta que se lo explique el Santo Padre porque, además, si hubiera prestado algo de atención a lo dicho por el Papa alemán aquel día no hubiera tenido necesidad de preguntar tal cosa.
Pero, de todas formas, lo dice claramente el canon 1055 del Código de Derecho Canónico “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.
Y entonces, si se es cristiano (y es de suponer que católico), como dice el Sr. Blanco, tendría que ser consecuente con eso que dice que es y acatar lo que, en realidad, es un matrimonio, que da lugar a la familia cristiana. De otra forma, lo único que se le puede decir es que actúa más motivado por motivos o, lo que es lo mismo, por actitudes puramente personales y egoístas y que deja su presunta fe para otro mejor momento.
Porque, al fin y al cabo, cuando se utiliza la fe, como es el caso, para argumentar con ella contra unos miembros de la misma fe que la utilizada, se hace, sobre todo, con una motivación clara y que no tiene nada que ver con ninguna causa sino, al contrario, con puros motivos egoístas y, en este caso, de partido.
Y bien sabido es que el católico, por ser universal, no se somete sino a Dios, a Quien le debe la vida como Creador y a Quien ama como se ha de querer a un Padre y no a ningún grupo particular. Además, y por eso mismo, los derechos que defiende el católico no son particulares (por egoístas) sino, al contrario, de carácter general.
Por eso no hay razones sino motivos en la continua retahíla de críticas a la familia cristiana. Y muy ajenos a la Verdad.

(Articulo de la Revista Ecclesia: Causas que no son sino motivos por Eleuterio Fernández Guzmán).

Tags: Actualidad, Familia, Cristianos

Publicado por Luis.cu @ 12:13
Comentarios (0)  | Enviar
sábado, 05 de enero de 2008
Imagen
http://www.porlafamiliacristiana.com/

Yo estuve allí...
¿Alguien de los que estuvimos allí, puede entender lo que ha irritado tanto a algunos políticos? ¿Alguien puede explicar que es lo que hicimos mal? ¿Qué es lo que les molestó?
¿Lo de la familia? o ¿lo de cristiana?
No entiendo como se han sorprendido tanto por lo que allí se celebró y lo que allí se dijo. Día de la Sagrada Familia, un año más, día estupendo en el que los cristianos nos reunimos para celebrar la Familia Sagrada de Nazaret y miramos a esa otra familia, que es la humanidad, tantas veces necesitada de comprender que Dios se nos ha revelado como familia: Santísima Trinidad. Familia del Cielo en la Familia de la Tierra.
Este año de modo especial y después de la experiencia en Roma, animados por nuestros obispos acudimos a esta histórica celebración en Madrid. ¿Qué se esperaba que dijera la Iglesia? En referencia a la Familia: Constituida desde la base del Matrimonio, de cuya unión y amor, siempre fecundo, y por la gracia y acción de Dios, nacen como don, los hijos y constituyen, junto a sus padres, la Iglesia Domestica. Familia, hijos, hermanos, padre, madre, abuelos, nietos... Dentro de la problemática del matrimonio o la familia: Separación, Divorcio, Aborto, etc..para no alargarme.
¿En que hemos cambiado, en esta legislatura, o en otras, o en este siglo o desde el año cero? Que raro es que algunos ahora insistan en llamarse católicos o cristianos y discrepen de lo que ese día se dijo o se celebro en Madrid.
No lo entiendo. Fue precioso. Tanto los testimonios de los matrimonios, de los movimientos, de las nuevas realidades eclesiales, como las palabras de nuestros obispos como si todos fuéramos uno, 125 mil, un millón, dos o tres o 20 millones que estaban de corazón y no solo españoles... ¿Es esto lo que les molestó? ¿Éramos demasiados? ¿Demasiados de los que habia eran jovenes, universitarios, intelectuales?
Sí... aunque éramos tantos, hay que dejar constancia del gran silencio que hubo en muchos momentos... ¿Solo somos adultos o inteligentes a la hora de votar y depende de a quien votemos? Qué pena, cree el ladrón que todos son de su condición. Espero que en las próximas elecciones no haya ni un solo mitin o concentración, pues la actual visión de estos eventos, según la opinión estatal, será una reunión de borregos, con perdón, a tan simpáticos animalitos.
No lo entiendo. Ni un solo grito, contra nadie, que diferencia a otras concentraciones, hoy propuestas por los políticamente correctos, como ejemplo, por no abundar en las tonterías que hata hoy se han dicho... tanto parece haber dolido, contemplar esta concentración civilizada. Ni los típicos vendedores ambulantes de banderolas, pudieron vender nada... pues lo que estaba claro, que lo que la mayoría de los que allí estábamos, lo que queríamos, era exaltar algo tan bueno para la sociedad y para el ser humano, como son la familia y el matrimonio cristiano, y todo desde la oración y la alabanza.
Que si la jerarquía, que si los obispos... estos eran minoría que yo sepa. La iglesia la presiden ellos, pero no son ellos la Iglesia. No se enpeñen tanto en separar a los seglares de los obispos. La Iglesia la constituyen los fieles laicos convocados y reunidos junto a su obispo, siguiendo al Pastor de los pastores, Cristo Jesús.
Creo que algunos de los que estos días no paran de insultar o de intentar romper la unidad de los Cristianos, han olvidado lo esencial, o más que olvidar no les interesa que se oigan otras voces, o la voz, que más que resonar hacia el exterior, suena en nuestras conciencias.
¿Acaso no será, que quieren ser cristianos a su manera, que es la mejor manera de no ser cristianos? ¿Qué nos metimos en política? Vaya hombre. No me gustaría entrar ahora en lo que es o significa esta palabra. Lo que creo es que muchos que viven de ella, la quieren para si solos. Es más. No creen en ella, ni les interesa que otros crean, aunque solo sea un poquito, para ir tirando, porque amparados por ella pueden discrepar. ¿O es que en la política de hoy solo puede existir lo que unos u otros entienden o quieren?.
Ciertamente, se dan pasos hacia atrás, pero no justamente los da la Iglesia, que tiene claro de donde viene y a donde va. Otros son los que van y vienen según sus intereses y no según el bien común o lo verdaderamente democrático, como garantiza nuestra constitución, de momento: “CAPÍTULO SEGUNDO. Derechos y libertades. Artículo 14. Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Sección I. De los derechos fundamentales y de las libertades públicas. Artículo 15. Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra. Artículo 16. 1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. 2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias. 3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.
Con esto termino: “Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios” Benedicto XVI, desde Roma, día de la Sagrada Familia, para el Encuentro Por la Familia Cristiana, 30 de Diciembre 2007

Tags: Actualidad, Familia, Cristianos

Publicado por Luis.cu @ 3:43
Comentarios (0)  | Enviar