El domingo es para el cristiano, la verdadera medida del tiempo, lo que marca el ritmo de su vida.
No se apoya en una convención arbitraria, sino que lleva en sí la síntesis única de su memoria histórica, del recuerdo de la creación y de la teología de la esperanza.
Es la fiesta de la resurrección para los cristianos, fiesta que se hace presente todas las semanas, pero que no por eso hace superfluo el recuerdo específico de la Pascua de Jesús.
Del Nuevo Testamento se desprende claramente que Jesús se encaminó con total conciencia a su "hora".
La expresión la "hora de Jesús", resaltada por el Evangelio de san Juan, tiene sin duda, un significado muy complejo. Pero, ante todo, remite a una fecha, Jesús no quiso morir en un día cualquiera. Su muerte tenía un significado para la historia, para la humanidad.
Joseph Ratzinger, "Tiempo Sagrado" de El Espíritu de la Liturgia
“Respetad la santidad del domingo. Id a Misa todos los domingos. En la Misa, el Pueblo de Dios se reúne en unidad en torno al altar para adorar a Dios e interceder. En la Misa actuáis el gran privilegio de vuestro Bautismo: alabar a Dios en unión con Cristo, su Hijo, alabarle en unión con la Iglesia” (Homilía, 29-V-1982).
“Deseo recomendaros la participación en la Santa Misa de los días festivos. Comprometeos a no faltar nunca. El cristiano es el hombre de la Santa Misa porque ha comprendido que Cristo renueva para él su sacrificio redentor” (Homilía, 14-III-1982).
“La Misa festiva es la base de todo, y debo pediros que no la omitáis, que seáis asiduos a ella, que, cada domingo y cada fiesta, os sintáis invitados por el Señor para encontrarlo juntos, en torno a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo” (Homilía, 10-III-1985).
“Quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida” (Carta Ap. Dies Domini, n. 7).
recomendaciones de Juan Pablo II