miércoles, 10 de octubre de 2007
Textos de Juan Pablo II
Queridos enfermos: no he venido únicamente a traeros mi aliento humano, sino también, y sobre todo, para traeros el consuelo de la fe cristiana. He venido para deciros que vuestras enfermedades están inscritas en el plan de amor paterno y exigente de Dios. No veáis en ellas una ciega fatalidad, sino una prueba siempre providencial, aunque desde el punto de vista puramente humano sea a veces oscura e incomprensible.
Elevad vuestros ojos a Cristo, que aceptó la prueba de su pasión. Miradlo a El, inocente, que ofreció sin reservas su vida para salvar a todos los hombres; a El que se confió a Dios, su Padre, con total abandono. En un primer momento, como bien sabéis, pidió que se apartara aquel cáliz amargo; con todo, enseguida añadió: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Y su sufrimiento se convirtió para nosotros en causa de salvación, de perdón, de vida.
Vuestra unión con el sufrimiento de Cristo constituye el culmen de vuestra actitud de fe. Aquellos que han sido llamados a compartir el dolor con Cristo no sufren un castigo, sino que son invitados a participar en una tarea comprometedora y fecunda, pues su sufrimiento, si es aceptado y ofrecido con amor, se transforma en fuente de gracia, de paz y de gozo. Se convierte en ese camino, estrecho si, pero que es el que conduce al Paraíso [A los enfermos, en el Santuario de la Virgen de Civita, Gaeta, Italia, 25-VI-1989]
El gran valor del dolor ofrecido
Os pido, por tanto, hermanos y hermanos que sufrís, que os metáis con fe en el misterio de la cruz de Cristo, ofreciéndole vuestro dolor humano, para que El, uniéndolo al suyo, lo ofrezca al Padre como ofrenda pura. Los Santos, los cristianos auténticos, iluminados por la gracia, han intuido el significado y la fecundidad de sus dolores [A los enfermos de Terni, 19-I11-1981].
El alegre anuncio que la fe nos trae es precisamente este: Dios, en su bondad, ha salido al en cuentro del hombre. Ha obrado, de una vez para siempre, la reconciliación de la humanidad consigo mismo, perdonando las culpas y creando en Cristo un hombre nuevo, puro y santo.
Nunca debemos olvidar que nuestra reconciliación ha costado al Padre un precio tan alto. ¿Y como no darle gracias por este amor que nos ha traído con la salvación, la paz y la alegría? [Audiencia general, 13-IV-1983]
Uníos a Cristo como lo hizo la Virgen
Por medio de la fe, Maria esta unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. A los pies de la cruz, Maria participa por medio de la fe, en el desconcertante misterio de ese despojamiento. Por medio de la fe, la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero, a diferencia de la fe de los discípulos que huían, la suya era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la cruz, ha confirmado ser el «signo de contradicción», predicho por Simeón. Al mismo tiempo se han cumplido las palabras dirigidas por él a Maria: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» [Carta Encíclica Redemptoris mater, n. 18]. La espada atravesó su corazón, causando un dolor indecible: ¡el sufrimiento más grande preparado para Maria en este camino de fe, a través del cual seguía a Cristo! Maria estaba de pie ante la cruz en el Gólgota (...). En la Anunciación había exclamado: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). Ahora renueva la misma disponibilidad en el momento del mas grande dolor. ¿Quién es en ese momento su Madre? Es la que esta ante la cruz, la que escucha con obediencia heroica de fe la Palabra de Dios, la que con todo el dolor de su corazón cumple, junto con su Hijo, la voluntad del Padre [Alocución en el Via Crucis, 1-IV-1988].
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Tags: sufrimiento, evangelio, Juan Pablo II

Publicado por: Luis.cu @ 0:24
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