Leí en un blog, esta anécdota:
“Cierto día que llegué tarde a clase. El maestro me soltó a bocajarro la siguiente pregunta: ¿Qué es más importante: la verdad, la bondad o la belleza?. Aquel tímido muchacho tenía que contestar, no le quedaba otra, sobre todo si quería sentarse cuanto antes y no pasar apuros. En aquel trance, no se le pasa por la cabeza otra cosa que la imagen de su novia. Ya tenía la respuesta: Lo más importante es la belleza. Pero no quedó contento el maestro y como niño insatisfecho soltó la más temible de las preguntas, ¿Por qué?. El alumno suelta lo primero que se le ocurre. Pues... porque la belleza es lo primero que percibimos. Puede sentarse. Me senté, pasó el mal rato, pero la pregunta se sigue moviendo dentro de mí hasta hoy”.
El relato continua, pero yo lo detengo aquí, impidiendo que se me busque por plagio.
La razón del titulo de este blog, parte de estas preguntas sobre lo más importante, y el porque...
Aunque me alargue un poco, quisiera dedicar algunos artículos a este tema. Citar a varios autores, para que todos podamos pensar sobre estas tres palabras, para mi, y para muchos, palabras que se manifiestan en toda su grandeza, en Jesucristo.
De ahí, la foto que acompaña este artículo.
Primera cita, la carta de san Pablo a los Filipenses (4,4vs)
“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de bueno, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros”.
Muchas veces he rezado este texto y pensaba que no podía dejar hoy de citarlo en estas reflexiones. La alegría a la que nos invita san Pablo es la que brota de la contemplación y de la vivencia, de lo bueno verdadero y bello. Creo pues que la alegría sincera, no cualquier alegría, empapa y asegura a las personas la grandeza de estas tres palabras.
Me detengo ahora en un texto precioso que Juan Pablo II recordaba, citando a Juan XXIII, en la encíclica Pacem in terris:
“los cuatro pilares de la paz son la verdad, la justicia, el amor y la libertad". "Para ser constructores de paz es preciso, antes que nada, vivir en la verdad". "Mantened, en primer lugar, esa relación verdadera con Dios que requiere conversión personal y apertura a su misterio. El hombre se entiende a sí mismo sólo en relación con Dios, que es plenitud de verdad, de belleza y de bondad". A la verdad va unida la justicia, junto al respeto de la dignidad de toda persona. Sabemos, sin embargo, que sin un amor sincero y desinteresado la misma justicia no podría asegurar al mundo la paz. La paz verdadera florece, en efecto, cuando el odio, la envidia y el rencor son vencidos en el interior del corazón; cuando se dice no al egoísmo y a todo lo que lleva al ser humano a replegarse sobre sí mismo y a defender sólo el propio interés. Si el amor se traduce en gestos de servicio gratuito y desinteresado, en palabras de comprensión y de perdón, el efecto pacificador del amor se ensancha y se extiende hasta alcanzar a toda la comunidad humana. Entonces es más fácil comprender también el cuarto pilar de la paz, es decir la libertad, el reconocimiento de los derechos de las personas y de los pueblos y la libre entrega personal en el cumplimiento responsable de los deberes que competen a cada uno en el propio estado de vida". Ese mismo día Juan Pablo II dirigiéndose a los jóvenes les recordó unas palabras de San Josemaría:
"Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser anti-nada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos" (Surco, n. 864).
Y concluyó con una invitación:
"Seguid estas enseñanzas, acoged la paz que Cristo da a quien abre el corazón y difundidla en todos los ambientes".
(El texto es un poco largo pero dice muchísimo. Es una pena que a veces no leamos las cosas deteniéndonos un momento. Profundizando, encontramos la grandeza de las cosas ya que el lenguaje siendo una ayuda es un limite a nuestro deseo rápido de entender, de ahí que hoy se viva superficialmente de
"eslóganes")
No sólo estas palabras, que motivan estos artículos, son en conclusión la imagen nítida de Jesucristo; son además, el camino y la búsqueda inquieta del verdadero Cristiano. Y más aun, que se le ofrecen tantas veces sin buscarlas. Así actuan la bondad, la verdad y la belleza de Dios.
Mirad que precioso y que sencillo lo que nos dice El Cardenal Josef Ratzinger, hoy nuestro Santo Padre Benedicto XVI:
“El encuentro con lo hermoso puede convertirse en la herida de la flecha que lastima el corazón y de esta manera abre nuestros ojos. Por eso, más tarde, a causa de esta experiencia, conformamos el criterio para el juicio y así podemos evaluar correctamente los argumentos. Para mí, fue una experiencia inolvidable el concierto de Bach que Leonard Berstein dirigió en Munich tras la muerte súbita de Karl Richter. Yo estaba sentado al lado del obispo luterano Hanselmann. Cuando la última nota de una de las grandes cantatas del Cantor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig se disipó en el aire, nos miramos espontáneamente y nos dijimos: ´Todo aquel que ha escuchado esto sabe que la fe es verdad´. La música fue tan extraordinaria, fuerte y real que nos dimos cuenta, no tanto por deducción, sino por el impacto en nuestros corazones, que ella no ha podido originarse de la nada, antes pudo llegar a la existencia gracias al poder de la Verdad que se tornó real en la inspiración del compositor”
La claridad de esta constatación llega a todos con facilidad y centra todo el tema de la importancia. Creo que entre estas tres palabras hay una relación amable y necesaria.
Ahora, sobre este tema, hay alguien que no podía dejar sin nombrar: Hans Urs von Balthasar, el nos dice:
“Ante el niño pequeño aparecen unos seres que lo acogen, y, al hacerlo, se le manifiestan claramente, luminosamente, y esa “claritas” o luminosidad los hace aparecer a sus ojos como “bellos”. Recordemos que la belleza es el “esplendor” que acompaña a la verdad, es decir, a la autopatentización de cada realidad. Al manifestarse los familiares como acogedores, se presentan como buenos. Y, al revelarse como buenos, se muestran en toda su riqueza, y, por tanto, en su plena verdad. En la realidad buena, bella, verdadera... de sus familiares se encuentra el niño con la realidad, con el ser. La Metafísica -el estudio profundo del ser o la realidad- arranca de una Antropología que piensa con hondura lo que experimenta el ser humano desde que nace. Los llamados “trascendentales” son la forma en que el ser se revela de modo concreto en cuatro facetas: unidad, verdad, bondad, belleza. Esta revelación luminosa de la riqueza del ser a través de un encuentro de dos o más personas concretas constituye una apelación por parte de un valor, y suscita en quien la percibe un movimiento de respuesta amorosa y de entrega confiada y sobrecogida”.
Es precioso creo yo como todo lo dicho no es pura teoría si no verdadera experiencia. No es el pensar cristiano una mera invención o construcción idealista, es ciertamente experiencia.
En su obra El idiota (III, cap. V), Fedor Dostoievski advierte que
“la belleza salvará al mundo”.
Se refiere a la belleza redentora de Cristo. Ante las múltiples calamidades que afligen a las gentes, puede considerarse como un comentario frívolo dedicar tiempo a contemplar realidades bellas. Pero no, al contrario, por eso quería dedicar un tiempo a este tema. La Bondad, la Verdad y la Belleza, son el clamor que todo hombre siente activo en su interior.
Con esto termino, uniéndome a la experiencia, que tantos conocemos, del gran San Agustín:
”¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y, sin embargo, Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre las cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti esas cosas que, si no estuvieran en Ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, e hiciste huir mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por Ti; gusté de Ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.”
CONTINUARÉ PENSANDO Y COMPARTIENDO TODO LO QUE ENCUENTRE SOBRE ESTE TEMA.