Parroquia San Pedro Apóstol de Buñol (Valencia).
Un lugar donde compartir todo lo que de Bueno, Verdadero y Bello nos está regalando Dios. Para crecer en Humildad Sencillez, y Alabanza, desde nuestras experiencias, comentarios y sugerencias.
....Creo que el mayor enemigo de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, la muerte directa del niño inocente, asesinado por su misma madre. Y si aceptamos que una madre asesine a su propio hijo, ¿qué podemos decir de las personas que se matan entre sí? ¿Cómo podemos convencer a una mujer de que no aborte? Debemos persuadirla con amor, y recordar que amar significa entregarse completamente. Jesús entregó su vida por amor a nosotros. Así, una madre que está pensando en abortar debería ser ayudada a amar; es decir, a poner en lugar secundario sus proyectos y su tiempo libre, y a respetar la vida de su hijo. También el padre del niño, quienquiera que sea, debe mostrarse disponible.
Mediante el aborto, la madre no aprende a amar, sino que asesina a su propio hijo para resolver sus problemas. Mediante el aborto, el padre dice que no quiere asumir ninguna responsabilidad respecto al hijo que ha engendrado. Es muy probable que el padre se halle en la misma situación difícil de la madre. Todo país que acepta el aborto es porque su gente no ha aprendido a amar, sino que recurre a la violencia para obtener lo que quiere.
Por eso, el mayor destructor del amor y la paz es el aborto. Mucha gente se preocupa por los niños de la India y de África que mueren de hambre. Mucha gente se preocupa también por la violencia que penetra en los adolescentes de ese inmenso país que es Estados Unidos. Todas estas preocupaciones son justificadas. Pero con frecuencia esa misma gente no se conmueve por los millones de niños que son asesinados gracias a la decisión deliberada de sus propias madres. El mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, que causa en las personas una gran ceguera. Por ello, lanzo un llamamiento: «No nos olvidemos de los niños». El niño es un don de Dios a la familia. Cada niño ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para que realice grandes obras; en otras palabras, para amar y ser amado.
Debemos poner nuevamente al niño en el centro de nuestros cuidados y nuestras preocupaciones. Es el único modo en que nuestro mundo puede llegar a sobrevivir, dado que nuestros niños son la única esperanza para el futuro. Cuando los ancianos son llamados a la presencia de Dios, sólo sus hijos pueden tomar su lugar.
Dios nos dice: «Aunque una madre pueda olvidarse de su hijo, yo no me olvidaré de ti. Te he esculpido en la palma de mi mano». Nosotros estamos esculpidos en la palma de su mano. El niño que todavía no ha nacido ha sido esculpido en la mano de Dios desde su concepción y ha sido llamado por Dios a amar y ser amado, no sólo ahora, en esta vida, sino para siempre, en la eternidad. Dios no se olvida nunca de nosotros.
Le puedo narrar una experiencia muy hermosa. Estamos combatiendo el aborto con la adopción, esto es, mediante el cuidado de la madre y la adopción de su hijo. Estamos salvando miles de vidas. Hemos enviado este mensaje a las clínicas, a los hospitales y a las comisarías de Policía: «Por favor, no maten al niño; nosotros nos ocuparemos de él». De esta forma, tenemos siempre alguien que dice a la madre: «Ven, te cuidaremos, y conseguiremos una casa para tu hijo». Por eso tenemos una gran demanda de parejas sin niños. Pero nunca doy un niño a una pareja que haya hecho algo para no tener un niño. Jesús dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe». Al adoptar un niño, esas parejas reciben a Jesús; por el contrario, al abortar, rechazan a Jesús. Por favor, ¡no matéis a los niños! Yo los quiero. Por favor, dadme a sus niños. Con mucho gusto acepto todos los niños que morirían a causa del aborto. Los daré a matrimonios que los amarán y que, a su vez, serán amados por ellos. En nuestra «Casa del niño» en Calcuta hemos salvado va del aborto a más de tres mil niños. Esos niños han llevado amor y alegría a sus padres adoptivos, y han crecido en un ambiente de amor y alegría.
Sé bien que el matrimonio ha de proyectar su vida familiar, y para esto se requiere el método natural de planificación familiar. Al destruir el poder de dar la vida con la anticoncepción, el marido y la esposa se dañan a si mismos. Esto hace que centren toda su atención en sí mismos y que destruyan el don de la vida que hay en ellos. Al revés, cuando el marido y la esposa se aman verdaderamente, cada uno dirige toda su atención al otro, de modo recíproco, recurriendo al método natural de planificación familiar, y nunca a los métodos anticonceptivos. Una vez que el amor vivo se destruye con el uso de los métodos anticonceptivos, el aborto es algo que entra fácilmente en la mentalidad de la pareja.
Sé también que existen grandes problemas en el mundo, que muchos esposos no aceptan el método natural de planificación familiar. Desde luego, no podemos solucionar todos los problemas que existen en el mundo, pero no dejemos de luchar contra el peor de todos ellos; es decir, la destrucción del amor. Es lo que hacemos cuando hablamos con la gente que practica la anticoncepción y el aborto.
Como muestra el ejemplo de tantas familias, Dios no se olvida nunca de nosotros. Hay algo que tanto usted como yo podemos hacer siempre: podemos conservar la alegría del amor de Jesús en nuestro corazón, y compartirla con todas personas que encontramos en nuestra vida. Tratemos de lograr que la madre ame a su hijo, lo cuide y lo proteja; que no lo asesine, ni lo sacrifique. Y demos nuestro amor de manera ilimitada, siempre con una sonrisa.
Si recordamos que Dios nos ama, y que tenemos que amar a los demás como El nos ama, los Estados Unidos pueden llegar a ser un ejemplo de paz para todo el mundo. Desde aquí hay que enviar al mundo un testimonio de nuestra preocupación por los más débiles de los débiles; es decir, por los niños que todavía no han nacido. Si usted logra que resplandezca la luz de la justicia y la paz en el mundo, se hará real lo que los fundadores de su país declararon.
(Resumen de la Carta de la Madre Teresa de Calcuta al Presidente de los Estados Unidos; 23 de febrero de 1994)